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miércoles, 5 de mayo de 2010

Mujeres porteñas despiertan la noche

Se enciende la señal verde del semáforo. En menos de un minuto la aguja del velocímetro supera los 60 km/h, haciendo que el Volkswagen blanco se confunda entre la cantidad de autos que circulan por la avenida 9 de octubre. El viernes se acabará en tres horas y el tránsito está acompasado por los taxistas noctámbulos que se hallan en las afueras del Supercines. En las aceras las luces iluminan cada esquina, mientras chicas escasamente vestidas y chicos con ropa holgada, caminan presurosos hacia la Zona Rosa.En aquel auto nos desplazamos cuatro amigas dispuestas a dejarnos sorprender por las luces de neón, sugestivos cocteles y sitios que emulan diversión.

A lo largo de la calle Rocafuerte encontramos el bar “Santo Remedio”. Mientras avanzamos en fila para ingresar, otros aguardan a un costado la llegada de los músicos que la taquilla publicita. La entrada impresiona con sus paredes adornadas de ángeles y santos más los amplios muebles, algunos al nivel del suelo –cual estilo árabe- donde se encuentra un público muy joven.Aún faltan quince minutos para el concierto.

Bajo las luces de tonos azulados y al ritmo de la música a altos decibeles, se mezclan los cuerpos en la pista de baile. La voluptuosidad de una joven despierta el instinto sexual de varios chicos, risas etílicas y vasos de whisky son el denominador común entre ellos. Con sutileza es tomada de la mano por uno de sus recientes admiradores, mientras otros anhelan tener la misma suerte de él, o al menos, hablar con ella.

Al fondo del bar, los músicos empiezan a instalar los equipos en el escenario. Cerca de la media noche, la gente que ya ocupa toda la capacidad del pequeño bar se agrupa frente a la tarima, lo cual nos obliga a subirnos en nuestras sillas. Se apagan las luces. El eco de voces y silbidos se multiplica, hay quienes protestan, otros vuelven a sus asientos.-¿No sabes qué pasa?, pregunto al barman del lugar.- Cortaron la luz, comenta preocupado.El calor empieza a sentirse, por lo que con ayuda de los celulares muchos alumbramos el corredor para llegar hasta la salida.

Afuera, en las calles Imbabura y Panamá, la gente porteña habla sin parar, casi gritando. Otros caminan cual ovejas averiguando costos para entrar a las discotecas que se anuncian con luces de neón.En la misma acera se contonea suavemente con tacones de aproximadamente 15 cms un dragqueen. De su diminuto short negro se desprenden coloridas plumas y lentejuelas, mientras su pecho semicubierto centra las miradas de algunos chicos. Su figura se pierde en la entrada de Vulcano, que anuncia en su taquilla: “Recuerde, esto es una discoteca gay”.

Veinte minutos después llega la luz a Santo Remedio. El sonidista da la última “pitada” a su cigarrillo y Cadáver Exquisito sube a escena. Tienen la misma reacción de quien saluda con alguien de confianza: sonrisas amplias y una buena interacción.




"Buenas noches, muchísimas gracias por venir…” es el saludo de Daniel Vinueza, vocalista. Tres veces el golpe a la batería y empieza “Niña Marciana”. Fuertes aplausos y gritos responden al final de la canción. Mayor acogida recibe “Avión de papel”, cuando el público entona el coro saltando. Un leve silencio y la voz de Vinueza se mezcla en el creciente sonido entre el bajo y la batería. Tienen más material, pero también se prepara la banda Synfodelick; por ello cierran con la canción “Los sapos”, mientras el reloj marca las 12:45 am.

Salimos del concierto y el Volkswagen se halla aún estacionado. Lejos se escucha el pito de un conductor impaciente. La tardanza del semáforo lo inquieta. Terminan de pasar los peatones y nos dirigimos al norte por la avenida Víctor Emilio Estrada. El estado de las calles cambia, muchas adornadas con bares y restaurantes árabes, chinos, italianos y demás. En aquel contraste hallamos “La Torre”, un coffee lounge, situado en una acera principal.

Es un local pequeño, al cual se ingresa por una escalera arrimada a una pared con gráficos playeros. Decidimos subir junto con más jóvenes. Somos recibidos por una mesera y el sonido de música funk. Hay quienes se agrupan al pie del bar, mientras nosotras optamos por las mesas de un balcón con vista a la calle.La gente charla tranquila en sus puestos y algunas parejas se besan con dulzura. En la barra, las meseras llenan las jarras cocteleras para llevarlas a los clientes.

El “ídolo”, el “pitufo”, la “torre” entre otras veinte variedades de cocteles, se ofrecen entre conversación y conversación en las mesas.“En cinco minutos más cerramos”, indica el guardia, mientras suena la música con un volumen adecuado. Son las tres de la madrugada, sin embargo por las calles continúan transitando turistas, noctámbulos y taxistas que compiten por clientela.

A las 03:30 am, los carteles de neón continúan destellando los bares, mientras poco a poco son abandonadas por algunos que se preguntan: ¿Cuál será la farra para el siguiente día?

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